Year: 2003
Type: article
Abstract: scribo este párrafo al terminar de redactar las páginas que siguen.Emprendí una aventura de conocimiento sobre mi persona, sobre la formación de mi cuerpo, tomando como espejo algunos cadáveres con los que tuve relación en mi infancia y adolescencia.No son páginas folklóricas, si alguien quiere ver aquí calaveras de azúcar, catrinas sonrientes o altares de muertos cubiertos de velas y cempazúchitl, será prudente que busque en otro sitio.Son ciertas memorias tocadas, despertadas por mis preguntas adultas.En ellas he hecho con mi persona lo que como novelista acostumbro practicar con mis personajes.He seguido unos pasos, indagando, intentando explicar qué los mueve, dónde están los resortes de esos actos y sentimientos, y, sobre todo, describir lo que va ocurriendo.Ni he alterado, ni he forzado una ruta: solamente he mordido esos pasos con mis ojos, y he intentado entenderlos.Lo mismo ocurre con el personaje de una novela.No lo fuerzo: lo veo actuar.Él responde a un motor que yo no gobierno, que no es el destino sino otras fuerzas: la trama, su mundo, su atmósfera son espejos y representaciones de una verdad poética.La vida no tiene esta cualidad, el destino es caprichoso -cierto y peca de lugar común-, hace lo que le da la gana.Pero las personas, como los personajes, responden a una lógica, sus motivos y pulsiones tienen razón de ser, y fueron estos los que intenté olfatear en estas páginas.Para ello me revisé, como a un bolsillo me sacudí para ver qué restaba adentro, me exploré y articulé lo que vi.¿Me gusta haber pasado por esta experiencia?¿Me alivia, me hace más ligera, me ha hecho más feliz, me siento en algo liberada?¿O me pesa, me ha disgustado, ha sido un pasaje incómodo?Ni una ni otra.¿Prefiero el papel de personaje literario o ser el puño invisible que observa y dicta en otros?Prefiero sin duda el papel de autora, el de quien trabaja con los personajes: espátula, escalpelo y lupa en mano.Los personajes sienten la espátula, el escalpelo y la lupa corriendo sobre su cuerpo.La espátula es de metal, el escalpelo corta, la lupa quema y el cuerpo los resiente.Elegí ( Carmen Boullosa tómbolas, rifas, juegos de canicas o de tiro al blanco, deambulaban por la casa, impuestas mascotas temporales) eran pasados a cuchillo después de haber tenido un relativo trato con nosotros.Sus días paraban en los guisos de Inés, la cocinera de mi casa o en de los de la Mami.Nos comíamos a nuestros cadáveres, con mayor o menor conocimiento de causa, con mayor o menor repugnancia o placer.Algunas veces engañados del todo: ¿cuántos moles o pipianes no fueron vestimentas comestibles de animales que habían "desaparecido"?Si las sacaban de la terraza, las tortugas se enterraban en el jardín, y no había modo de encontrarlas hasta que a ellas les daba la gana.Pero los patos, pollos y conejos se esfumaban sin explicación apenas pesaran un par de kilos.Un pollito murió demasiado tierno para acabar en la cazuela.Alguien le prensó el cuello con la puerta de la cocina cuando todavía era rubio, un bebé pollo: quedó con la cabeza mirando hacia atrás, piando su dolor estridente.Cuando esto pasó, ya era yo adolescente y Hanna, mi amiga -que tenía vocación de médico-, lo degolló para que dejara de sufrir.Lo enterramos en el jardín, con gran ceremonia.En el entierro participé activamente, escribí los versos de la lápida de cartón, excavé el hoyo.De la decapitación no quise saber ni pío.Pero este pollo es muy posterior a los otros cadáveres que aquí enumero.Mucho antes que él, llegaron los cangrejos, un aparte porque no se podía socializar en ninguna medida con esos seres apestosos.Huelen fuertísimo.De adulta, ya nacida mi hija María y embarazada de Juan, compré unas docenas en el mercado de Villahermosa, y cargué con ellos en el avión hacia la Ciudad de México.Los acomodé bajo mi asiento, en dos cajitas idénticas a las que los portaban cuando yo era niña.La azafata rastreaba la proveniencia del olor, intentando averiguar dónde estaba el pañal sucio.No confesé mi pecado, porque no tenía sentido, para qué, igual íbamos a aterrizar con ellos.Mi único consuelo era saber que el viaje de Villahermosa a la Ciudad de México no dura más de una hora (consuelo ante el hedor nauseabundo y la vergüenza que me daba cargar con ellos y castigar tan malamente a los demás pasajeros).¿Cambiaría algo las cosas confesar que yo era la culpable de la pestilencia?La azafata no hubiera abierto la ventana para arrojarlos afuera, así todos los ahí presentes tuviéramos ganas de hacerlo.Huelen en verdad, no discretamente.Fue hasta ese viaje en avión que comprendí la magnitud de su peste.¿Cómo no me di cuenta antes?Los cangrejos eran parte de la constante mercancía "importada" por mi
Source: Debate Feminista
Author: Carmen Boullosa
Language: English
Subfield: Literature and Literary Theory
Field: Arts and Humanities
Domain: Social Sciences
Open Access status: diamond
OpenAlex ID: W4236091283
